lunes, 16 de julio de 2012

Soledad.


Para DLLA, de Martín (Siempre tiendo a escribir con música, así que para esta madre, recomiendo ampliamente "The Professor" por Damien Rice). 

O hay una tendencia en mi vida... Escribir cuando me siento solo, cuando estoy solo y solamente cuando sé que en realidad todas aquellas cosas son un simple espejismo, una ilusión, un recreo de todas esas cosas atosigantes que atascan a este universo pequeñito y hambriento (entiéndase por "no estoy solo, pero me siento solo"). Y eso me lleva a pensar que todos estamos solos, y todos, tenemos a nuestra soledad, y a un paralelismo entre el saber que estamos por nuestra cuenta, y la muestra física, bella y con piel que nos grita lo contrario. Y nos encanta sufrir por ello, estar en el vaivén entre reconocer ambas cosas.

O estoy pero bien malsano de la cabeza... 

Aquí algo que escribí para ver si me explico mejor:

Paralelismos de la soledad, mujersoledad y soledad...

Ah, infinita soledad que sos como acérrima compañera, hermana, placer, vicio... Y que te profeso terrible miedo.
Ah, tú soledad, sos como mi amante, como una mujer que existe y que conocí de manera aleatoria, casi desinteresada.

Fue en un café... En uno de esos sitios donde te puedes encerrar en público, abstraerte en su jazz ridículamente comercial, en sus menús pretenciosos tratando de hacerse europeos. En un lugarcito así fue cuando mis ojos te vieron...

Y yo te observé.

Soledad, eres como esa pestaña que se me cayó y que ahora está en el papel. De naturaleza casi pragmática... O se te ve y se disfruta y se pide un deseo... O no.

Punto, fin de tu historia, hay que observar para conocerte. Eres como esa pestaña sobre este papel... Abnegada, negligente, hasta que seas comprendida. Soledad, eres como un estupefaciente benévolo. Como la copa de vino que se toma antes de la comida.

Y se te da ese sorbo, y luego se deja que le hagas caricias a mis papilas... Como la bella mujer que sos.

Soledad, concepto, carne, diosa, mujer... Soledad, que me abrazas como Penélope a Odi, que llegó de tan lejos... Que llegué de tan lejos, de las estrellas, y que curiosamente, por caos o destino te vi mientras caías a mi papel, a mi poesía sin redacción, pestañita, cariño, mujer, di, Di, di, Di, di que me quieres como yo a vos.

Di que me querés, que me quieres, que me amais, que me loveas, que sientes ese verbo-adjetivo-conjunción-interpolación-pensamiento por mí, en español, en inglés o en ese idioma de los ojos que hablas también, y vaya, tan deliciosamente bien también.

Soledad, eres como brujería, como un encanto que encanta y que acompaña. Soledad, me acompañas, en pensamiento y cuerpo a donde quiera que voy, y sos siempre mía. Soledad, vienes, te manifiestas en palabras ahogadas en tu voz, compuestas en el silencio.

Mujer, no sos soledad, pero la soledad te ha hecho de ella... Te sedujo en una de tus partidas a las tierras de sueños, y la trajiste consigo. Ahora albergas a ese demonio, a ese ángel, al ente, al sensual algoritmo que se usa para calcular y confeccionar cuidadosamente las desdichas y zozobras, y amores, e ilusiones de todo... Y para colmo estás cuidadosamente envuelta en un cuerpo irresistible de mujer.

Soledad, no me dejas sentirme solo... Soledad, escucho tus pasos atrás de mi. Soledad, es que te amo tanto, porque estás conmigo, soledad, parafernalia, de cabellos y piel, y belleza. Soledad, no eres como tu nombre, y como el seudónimo, que confeccioné para ti, que le puse a vos, usted...

Porque sos una mujer, y eres como una mujer, pero también sos una emoción, una nomenclatura, un reflejo de la estética, del caos ordenado, de una cara que llamas dispareja pero que es pareja, como pareja mía, pero sos pareja como las estrellas.

No hace falta que entiendas, soledad, la digresión, sino el cariño que te tengo a ti, y a la soledad, que son tan ambiguas, analogías la una de la otra y así sucesivamente hasta el infinito. 

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