Palabras Eternas
Era de noche. Y de noche salían sus palabras más hermosas. De noche son las frases más bellas de la Tierra. Las más pulcras, las más puras, para acompañar a las estrellas. Sus palabras nocturnas arrullaban al que padecía insomnio. Su pluma rayaba el papel y sus letras se adherían eternamente al negro de aquella noche tan hermosa. Eran frases que conmovían a las musas y que inspirarían constelaciones.
Las palabras que reflejan y salen del amor son las más eternas que se escribirán en este sitio. Amor al prójimo a uno mismo, a una pareja o a la inmensidad. Amar es escribir poesía en el lenguaje del corazón.
Así es como ella escribía. Como ella me escribía en algunas noches y algunos días. Así es como iluminaba mi carretera cuando había obscuridad. Cuando tenía cuerpo, uno de los amores más profusos que llegué a profesar fueron los de la amistad. El hecho de entender, y ser entendido, y aceptado íntegramente. El hecho de haber sido y cuidar de alguien de una manera muy especial.
Mi amiga me hizo sentirme orgulloso de mi vida y mi destino. Fue quien se quedará con mi eterna sinceridad y gratitud.
Si de alguien hubiese tomado el sufrimiento habría sido de ella. Si me dolieron las lágrimas de alguien el día de ese entierro fueron las suyas…
¿Quién llora?
Ella entró a su departamento modesto después de otro día de ser esa gran mujer. Exhausta tiré sus zapatos y su abrigo alguna vez caro; donde alguna vez hubo un perchero.
El día perecía en una hermosa tarde para enamorados. El otoño estaba en flor, y las nubes moradas y naranjas adornaban a lo lejos lo que iría a ser una puesta de sol preciosa. Sin embargo las nubes sobre su cabeza eran grises y amenazaban tormenta. Incluso, se oían algunos relámpagos estallar contra la tierra.
No se quietó la boina que cubría su cabellera negra y larga. Tampoco se deshizo de su expresión de desasosiego. Su rostro hermoso pedía a gritos una sonrisa de alivio. Miró por la ventana, y la ventana le robó un suspiro. Miró su suspiro al dirigirse corporal, pero una gran pesadez en sus ojos.
Hacía frío, y era lo único bueno en el ambiente. Odiaba, detestaba el calor. Soltó una lágrima huérfana y solitaria antes de recordar con firmeza la promesa que se hizo: No llorar más.
Miró a la mesa de su comedor donde nunca comía y vio las flores. Esos tulipanes que le había regalado su amigo preferido. Ya estaban marchitos, pero alguna vez fueron bellos. Irían entonces a perder su vida, su fuerza y su determinación. No pudo evitar reírse al recordar la aversión que su amiga le tenía a las rosas.
Recordaba bien que ella esperaba rosas ese día, porque él había prometido flores. Pero el odiaba regalar rosas, y le dio esos sutiles tulipanes.
Se le hizo un nudo en el estómago.
Había prometido no llorar. Su recuerdo aún era demasiado fuerte y vívido. No podía aceptar que él estaba en un lugar mejor. Aún así lo extrañaba, y no le iría a ayudar nada en ese instante. Él estaba muerto.
Miró con los ojos vacíos al atardecer y al suelo y se mordió su reseco labio inferior. Todo estaba mal aquella semana. No tenía ingresos desde hacía semanas, no tenía tranquilidad desde hacía varios días. Comer la vaciaba y ella ya le había encontrado una repulsión extrema a la comida.
¿Qué podían hacer los demás si el que la entendía era él? Su pareja, al fin, iría a querer lo mejor para ella pero sería impotente. Nadie le podía decir lo que ella quería escuchar, sus palabras.
Ella escribía. Así se ganaba la vida, aunque sus palabras eran eternas y hermosas no había dinero para publicarla. Y su amigo, se había ido. Y no regresaría, y nunca más lo vería.
Vio la lluvia y lo recordó. Cómo amaba a la lluvia, y escuchar música con ella. Se acordó de que le tenía miedo al mal clima, y en silencio. Era el estúpido clima, y el cielo lo que le inspiraba más temor y belleza. El viento soplaba con absoluta monotonía y firmeza.
Una ligera brizna adornaba y humectaba las calles que transitaba la gente pequeña. Ella era una pequeña historia en un cuarto de cuatro paredes y sin embargo su tristeza era infinita.
Comenzó a llorar sin reprimirse y tan pronto rompió su promesa, el cielo la acompañó en su llanto. A llorar al que se había ido. Se acordó del amor que su amigo le tenía a ella y al calmante sonido de la precipitación.
Encendió su Stereo y puso el Concierto de Aranjuez. Su duelo apenas comenzaba, 3 semanas después de ser finado.
El agua corría por sus mejillas blancas y tersas, sus anteojos se empañaron levemente, como las ventanas y el sol se escondía, dejándola completamente sola. Sus pies jugaban con la alfombra, intentando darle un consuelo. Sus ojos y su corazón, su esencia estaba intranquila.
¿Quién cuidaría de ella? ¿A quién iba a cuidar?
Sollozaba al tiempo que llovía. El cielo sollozaba al tiempo que sus lágrimas llovían.

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