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lunes, 3 de septiembre de 2012

La filosofía del Bardo,

Suaves hojas que me llevan a volar con vientos,
que me susurran dulcemente,
Que de correr un riesgo es la vida,
Que de soñar los suspiros es el aire,
Que surcar los mares de la mente es el sueño,

Suaves hojas de verano combinado con otoño,

Hablen más                       solamente:

Susurren...


La filosofía del Bardo,

Sé maestro del juego y memorama,
Acepta el hambre y la desdicha,
La pena del melodrama,
Para hallar la sonrisa susodicha,

Carga la guitarra el hombro, ama,
Y cuenta historias, y canta poemas,
Y los versos del viento declama,
Con la esperanza como tema,

Entiende de las estrellas el esquema,
La llave, la rima, la canción,
Y por los eternos mares rema,
Para hallar tu corazón,

Bardo, posees una encomienda,
Del cielo, del gran teorema,
Canta al hombre, toma rienda,
De su desdicha, y sus penas quema,

¡Incinera la cruda realidad despiadada!
Pues debe cesar de existir con tu lira,
Con tu acorde, y la palabra raptada,
Del cielo y del sueño que gira,

Haz llorar a tu guitarra,
Aráñala, maltrátala, desliza tus penas por ella,
Como a un ángel, como una guarra,
Como alguna puta, o alguna estrella,

Y así las historias de dolor narra,
Pues son aquellas, las que exoneran al hombre,
Que a su dolor, ponen alguna barra,
Dale pues, al sueño un nombre,

Bardo, no es cuestión de insultar,
Ni tener labios de gentilhombre,
Ni de cuestionar, o no preguntar,
Sino, de ser, de ser sin pronombre,

Pues es de hombres, sumirse, dulcemente,
En el ciclo de tu pentafónica,
Y quedar, calmado finalmente,
En la eternidad de la crónica,

De tú música,
De tu sentir,
Del arpegio,
Del riff,
De tu alma,

Bardo, no importa, el año que vivas,
Sino que tu letra sea eterna,
Que en mil años, sea bella tu perspectiva,
Que nos libre de la febril caverna,

Pues ya sea, tranquila o densa tu tonada,
Será tuya, tu eterno blues,
Demonio o ángel, tu criatura alada,
Será aquel, reflejo de tu luz,

Pues este mundo real, es al sueño, bofetada,
Un insulto, una tristeza...
Y faltan... fantasías, susurros de las hojas, vaya, frases del viento de verano combinado con otoño. Faltan, amores, falta que el hombre cante la canción del viento...

Carga pues la guitarra al hombro y llama,
A los vientos, a la eterna romanza,
Y de sus letras, mieles derrama,
En pos del sueño, el amor y la esperanza...

jueves, 21 de junio de 2012

Y ella sonreía...


Hola, bueno... esta noche quisiera presentarles un trozo de literatura que a mí me pareció extremadamente sexy... Está escrita por una chica asombrosa, que no aparenta para nada este tipo de escritura. Pero al fin es arte, y el arte es un reflejo indirecto de escenarios, de placeres, sufrimientos y al fin, cosas que rayan en el término "tabú" que son deliciosamente expresados. Un par de cuartillas exquisitas, que encontré delirantes y apasionadas de una tarde de verano. Sin más preámbulo ahí les va (como cubetada de agua fría):
Por Diana Luz Limón Avila: 
La palabra en correcta descripción a “eso” debería ser PERTURBADOR. Simplemente porque fue la sensación que quedó en mi cara, junto con un gesto de desagrado y la pregunta necia: ¿por qué? ¿Cómo era que de todas aquellas situaciones posibles mi mente me acorralaba en esta? Hablo de un episodio, un sueño, de “ese sueño” que por su contenido sumamente gráfico me obliga a negarlo, a callarlo y a su vez también a gritarlo a voces bajo la máscara del anonimato.
Durante toda la vida he tenido historias extrañas, tanto en mi mente como en realidad, que me hacen dudar de mi propia cordura e identidad. Pero este suceso era el peor de todos, el más asombroso y terrorífico, el más real. Más tangible que la vida, porque carecía de fantasía, en cambio, estaba repleto de olores, de pensamientos, de deseos, de humanidad.
La cara se me iluminaba de recordarla, a ella, mujer esplendida, siempre fresca como la primavera, y radiante, con esos gestos intensos que la hacían ver gloriosamente tierna.
Ella...Tan pura, tan blanca, tan bella. Jovencilla de apenas 16, dudo que hubiese besado a más de un hombre. Tan inocente, tan frágil, tan….ella.
Yo apenas le hablaba, casi por compromiso, por cortesía. Me limitaba a verla a los ojos y sonreír de ser necesario, siempre que ella lo hiciese primero.
Admiraba la facilidad con la que vestía jeans como con la que lucía radiante dentro de una prenda delgada y casi traslúcida. Tonta sencillez conjugada con belleza. Me daba envidia. Su solitaria figura deseada por cualquier hombre, olvidada al final, una amiga de quien pudo ser amante pero no lo fue.
Aquella vez traía puesto un bellísimo vestido rojo, delgadito, ligero, simple, sin estampado, sin adornos estorbosos que me impidieran degustar de su marcada figura de mujer. Sus delgadas piernecillas, dos pedacitos de mimbre que hacían a la simple prenda levantarse ligeramente, dándole un vaivén como de una barca a la deriva del mar, en ese mar tempestuoso de su piel.
Era de noche, una fresca pero airosa noche de verano. Se había quedado sola, sola conmigo, a la intemperie de mis deseos y pensamientos, protegida únicamente por la luz de la luna. Por esos rayos nocturnos que no lograban opacar su blancura.
No sé en qué cosa estaba pensando, o cuando deje de pensar. Sólo supe, que de un momento a otro ella estaba allí, junto a mí, pegada a mi cuerpo, dejándome percibir su aroma de frescas flores, su perfume costoso y dulce, y entre la mezcla de olores el olor de su piel, la inconfundible combinación, ese, ese dulce aroma. Ella tan cerca, tan cerca como nunca antes en la vida.
De pronto deje de pensar, deje que mi razón se cegara por completo y me deje llevar por el compás de aquel radiante y sencillo vestido de la hermosa dama de piel blanca. Mi mano súbitamente le toco la cintura, primero con dulzura y luego con fuerza. Pero ella no hablaba, ni se estremecía, solo sonreía, me veía y sonreía con fuerza.
No fui capaz de contenerme entonces, su sonrisa me daba el permiso para profanar esa ligera prenda. Mi mano surco peligrosamente debajo de ese fino vestido.
Que sensación más esplendida encontrarme con esas piernas suaves, con esa piel blanca que ahora estaba a mi merced, mis manos subían sin detenerse, comencé a perder el aliento, mas ella no se conmovía, le agradaba, sonreía. Subí mis manos un poco más, para mi sorpresa no me encontré con ningún obstáculo, estaba su cuerpo desnudo debajo de aquel vestido, y sus nalgas redondas y tiernas no me dejaban soltarle.


Se separó por un momento de mi cuerpo, pero sin miedo sin vergüenza se separó para que la admirara de lejos, me coqueteaba por primera vez, sin vulgaridad sin excesivos contoneos. Sólo me dejaba contemplarla, a ella, y a su cuerpo que se aventuraba a mostrarse oscilando con el viento.
Me impresionaba y excitaba su actitud, su respuesta a mis caricias se reducía solamente a esa radiante sonrisa.
Es como si ella lo hubiera sabido, como si me hubiera estado esperando, como si hubiera pronosticado aquella soledad en aquella noche, aquel deseo mío siempre contenido y ahora en desenfreno. Me decía… ¿me decía? más bien no me decía nada, sólo con la sonrisa me hacía saber que deseaba mis caricias, que mi locura le hacía falta, que yo era su única arma, el único recurso perverso de ella, de esa niña que apenas había sido besada.
Yo no podía más ni sabía por qué. Tal vez era su belleza, su frescura, su pureza, su olor, su ternura, mi debilidad, mis ganas de amar, su inocencia, mi pasión. No lo sé.
La tomé entre mis brazos, la cargué hasta mi cama. No sabía cómo llegué allí ni cómo hicieron sus ojos para convencerme, solo la sentía entre mis manos. La coloque delicadamente sobre las cobijas y me detuve a observarla, seguía sonriendo.
La desnudé con paciencia, entre caricias, sin entregarme aun a mis instintos, que para esas horas ya me carcomían el corazón y me agitaban el pulso. Con la delicadeza más extrema con la saliva en la boca, mi ropa aun intacta y en su lugar y el gesto en mi ceño: ¿Qué demonios estoy haciendo? Sin que aun esto pudiera detenerme.
El vestido había caído, fuera de allí, dejando al descubierto esa piel desnuda, blanca, blanca como la luz de la luna. Me puse encima de ella, sin tocarla aun con mi cuerpo, sólo con mis manos. Ella no se agitaba ni se movía, pero sé que lo disfrutaba, sé que lo pedía. Metí mis manos en medio de sus piernas, la tocaba sin ningún tapujo, como si ya conociese el camino, mis manos temblaban, aun dentro de su cuerpo, al descubrir la forma de su interior. Su placer seguía en esa sonrisa que ahora me miraba casi agradecida. Ese gesto amable jamás imaginado, jamás para mí y esa noche era mío, esa noche su sonrisa me hacía perder la noción del tiempo, la razón misma (si es que un día la tuve). Me permitió acariciarla, sin impedimento hasta que mis manos hallaron el lugar más profundo de su cuerpo, hasta que el suyo no pudo resistir la conmoción, hasta que acabó sumergida en sudor. Aunque jamás perdió la sonrisa.
La metí en las cobijas y la dejé reposar de aquel episodio. Recargué mi cuerpo encima de ella, dejé que mis pechos tocaran los suyos, que mi cuerpo femenino se topara con el de esa musa y fuera una misma nuestra pasión. Mi vientre no dejaba de empujarse contra el suyo, como pidiendo aquello que ella ahora tenía, ese placer sin nombre. Dos amigas, dos lindas niñas, que se descubrirían por primera vez, una a la otra.
Le tomé la cabeza y acaricié su larga cabellera
-¡Qué hermosa eres!- Le susurré apasionadamente en el oído... Y ella solo sonreía.

sábado, 28 de enero de 2012

Fragmento (sueños de hombre despierto)


Sueñitos poéticos…

Soñé que encontraba o (reencontraba) a esa alma tan maravillosa que define mi vida. Que le conocía, que me hacía de ella y ella de mí. Aunque sabía que estaba completamente lejos.

Soñé un sueño grande, y luego uno pequeño. Hice un vuelo y luego me elevé. Hice una picada arrogante, y fina en alegría: fina en alegría.

Soñé que una criatura llegaba y dejaba de ser antropomórfica… Y que luego me señalaba al cielo… Recobraba su forma de criatura y luego se metía a mi cuerpo.

Soñé que un ave azul cantaba canciones azules… Pero todo era alegría (ha sido mi único sueño imposible).

Soñé que soñaba, y luego despertaba. Entonces desperté.

Soñé con unos ojos y una sonrisa. Y amanecían enfrente de mis ojos. Y luego los miraba con mis ojos y sonreía con mi sonrisa… Y así soñé por siempre.

Último sueño de hombre cuerdo (los posteriores no eran completamente míos, sino que fueron inducidos por el destino)

Soñé que viajaba a una playa, y que huía de mi estancia.

Subía a una especie de motocicleta que no hacía ruido alguno.

Aceleraba por una carretera (que convenientemente para mi sueño iba junto a la línea que separaba al agua y la Tierra, al azul y a la realidad). Y de ahí, del horizonte, comenzaron a salir.

Miles, y quizá millones de aves de distintos tamaños (todas azules) volaron junto a mí. En velocidad suficiente para que el movimiento fuese estática. Las aves volaban junto a mí y el cielo era azul, mientras el sol se ponía, al tiempo que se mezclaban los naranjas.

La Tierra se movía, y las aves azules nublaron los paisajes marinos para armar su propio arte. Se volvieron mi propio vehículo, y me llevaron a la libertad. Me hicieron libre. Me hicieron íntegro.

Muy al horizonte, en el cielo, las nubes jugaban juegos de algodón con el sol. Se unían todos los tonos en un licuado de colores mientras todas las aves me llevaban a su hogar.

El viento cargado de la brisa salina mecía el transporte.

Levanté mis brazos.

Las aves se llevaban mis ropajes de hipocresía y de civilización. Las aves azules me despojaron y dejaron mi alma desnuda.

Y me llevaron al cielo infinito.

Y me hicieron una de ellas.