miércoles, 18 de enero de 2012

Carta en las arenas


(nota: si alguien cuenta con una caricatura para este trabajo me harían feliz :) )

Gabrielle, 

¡Hola! Yo sé que si encuentras esta carta, sabrás que es para ti. La escribí mientras nadaba en tus mares preferidos, pues sé que ahí las corrientes nunca borrarán las letras que hice algún día para ti. Sé que solamente tú las hallarás pues me he percatado que nunca más nadie haya explorado este pequeño escondite en el Atlántico. Aquí la mar es calmada y no le pasará nada a esta pequeña plegaria que tengo que hacerte.

Sé que mientras pases por aquí, en busca de sosiego (pues la vida es difícil aún viviendo bajo el agua), leerás esto y te intrigarás por saber si pertenece a ti, sirena Gabrielle… Sé que estoy tomando una bala, pues si hay algo que no sé de ti es si hablas español. Pero al menos la letra es legible muy a pesar de estar escrita en las arenas de este mar. Sé que no debe ser así, pero parte de mi egocentrismo debe decirte que todo esto lo escribí utilizando una varita que encontré en un estuario a muchos kilómetros de distancia, y nadé hasta aquí, sabiendo que es tu lugar preferido y escribí esto a media noche, mientras no estabas.

Hay tantas cosas que debes saber, y si tuviese que escribirlo todo, siento que no me alcanzarían las arenas de este mar para utilizar como hoja de papel. Sin embargo seré lo más breve posible...
Sé que probablemente ya sabes esto, pues sé que estabas ahí (en parte) mientras todo pasó, pero si algún detalle no conoces, conocerás ahora.

Resulta que hace unos meses (perdí la cuenta de los días, pues he nadado en distintas zonas horarias) yo era un hombre. O al menos, alguien que estaba en proceso de serlo. En fin, era humano, un joven humano que tenía una vida casi normal (y digo casi porque ninguna vida es normal). Pero luego pasó que soñaba cosas. Veía colores azules (y sus derivados) de una manera muy extraña, y a la vez bella. Me absorbían los tonos, y luego me volvía y me sumía en ellos… Después de deslizarme sutilmente entre tantos colores, encontraba una sonrisa. Y no veía más que el principio de la nariz hasta el mentón. Y esa sonrisa, esa boca me hablaba, me decía cosas preciosas, me hacía soñar, me hacía entender…

Yo sé que tú sabes que esa sonrisa es la tuya, pues dijiste esperarme aquí, en tu mar algún día cercano. Sé que tardé en encontrarte, y que mi travesía fue en partes un poco contradictoria y hasta patética. Pero sé que sabes que hice lo más que pude para encontrar mis sueños, pues de tu sonrisa, sabes bien que me enamoré.

Luego, ignorando yo, el hecho de que eras un ser acuático, crucé el mar por aire y morí. Soborné a Caronte para que me dejase hallar mis sueños y me regresó al mundo.

Y ahora soy un diminuto pez en el agua (como antes era un humano en la Tierra), que aún busca consolidar su estado de sueño y conseguir que su musa le explique tantas cosas. No tienes que decir nada, solamente debes dejarme mirarte, y mirarme a mí. Y así lo comprenderé todo. Sé que entenderás, hermosa Gabrielle, y que serás comprensiva con un pececito como yo.

Arrastré una varita que pesa casi lo mismo que yo por varios kilómetros solamente para encontrarte. Dejé mi vida de humano (y a mi armónica y a mi preciosa guitarra) y la música terrestre para escuchar la música de aquí abajo. Llegué aquí por la guía de una luciérnaga (con la que tuve que aprender a hablar) y sufrí tempestades marítimas (además del shock de haber muerto). ¿Sabes? Hasta casi me lleva un pescador alguna vez. Aprendí a robarme la carnada de un anzuelo y a saltar sobre las aguas para ver el sol una vez más.

No me quejo, pero quería que supieras qué vida he llevado (pues estoy seguro que mi vida de humano la conocías mejor que yo). Aún quiero comprender el por qué de la conexión de tus ojos con los míos y quiero saber cómo le haces para cantar debajo del agua (esto me mata pues mis labios de pescado no pueden pronunciar palabra).

Sé que una sirena como tú probablemente no tenga por qué hacerle caso a un pececito como yo.
Pero por otro lado, esto parece otro divertido juego del destino. Y decidí jugar. Y creo que ha valido la pena, pues hallé mis azules tan preciados. Hallé libertad, y hallé adrenalina (de pez). Conocí y conoceré más de los mares llanos y turquesas.

Pero me falta conocerte a ti Gabrielle. Saber que puedes cantar una canción para un humilde pez y hacer a este vertebrado acuático muy pero muy feliz.

Pero sé que de una forma tenía que gritarte que ya te hallé, que ya estoy aquí, y que probablemente me estabas esperando. No lo sé… Solamente pude escribir letras en la arena. Y heme aquí, Gabrielle, soy un pez (medio muerto de nadar tanto), pero ya estoy aquí. ¿Ahora qué?

Sinceramente,
            Martín el pez. 

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