jueves, 14 de junio de 2012

Unos ojos... (por no tener mejor título)



Le di play a la cinta y me senté a escuchar mientras la tarde se moría:

Miré hacia la luz, que contrastaba con el humo. Meditaba a los ligeros azares del destino que nos llevan a donde menos los esperamos, a conocer a las personas que menos imaginamos. El corazón me latía fuerte, una cerveza corría por mi garganta, las luces intermitentes y los cigarros atoraban el viaje a la fantasía que me otorgaba la recién sentida sensación. La historia era la siguiente:

Salí con unos amigos, que por una u otra cosa optaron por ir a un club de chicas, dijeron que me hacía falta algo de chispa en mi vida y accedieron entre varios a pagarme algo de compañía como obra filantrópica para salvarme de mi supuesta monotonía. Alguno eligió una chica para mí, supongo que por sus piernas y no sus ojos.

Me senté en el asiento duro, yo estaba tieso, incómodo. El aire se nublaba mi cabeza y entraba en una serie de pensamientos que me decían que huyera. Decidí incorporarme, pues no estaba del todo casado con la idea de quedarme a ver a una mujer hacer algo que en realidad no quería. Cuando estaba por cruzar el umbral de la puerta, llegó ella. Haciendo lo que su trabajo le mandaba, me detuvo con uno de sus dedos medianos, que remataba en una uña cuidadosamente crecida y pintada de un rojo tan encendido como las luces de la habitación.

Habían puesto aquella música la autodestructiva, la melodramática, la libre, el blues. Me preguntó que a dónde iba, y solicitó que me sentara a que disfrutara de ella. El humo entraba intermitentemente a la habitación, y yo comenzaba a enervarme con su presencia. Su piel blanca, era blanca por doquier, y despedía un aroma, que enmascarado por el licor y el cigarro era casi tierno. Y le llamaría yo más adecuadamente etéreo.

Me senté al fin, reluctante, pero fingiendo tranquilidad, me recosté, y ella me miró, indiferentemente, por un pequeñísimo instante. Y luego empezó a hacer un baile, para el que en realidad estaba ahí. Movía su cuerpo al compás de la música en tres cuartos. Se notó mi ligera incomodidad, y perdió mi atención de manera casi inmediata. Ella contestó con más violencia en los movimientos, como si mi repudio a esa clase de entretenimiento fuese un reto para su orgullo, para su cuerpo.

Pasaron unos minutos, durante los cuales, insultaba a sus esfuerzos para obtener mi aprobación de hombre. Y entonces acercó su cara a la mía, y ya luego... Los vi, y me rendí ante sus ojos casi lascivos y... desesperados.

En uno de sus arranques, animado por la música, me miró de una manera que nunca olvidaré, me prendió con el vaivén de dos de sus cabellos, el aroma de su pecho que estaba a centímetros del mío y sus ojos, sus ojos que se perdían entre los reflejos de las luces. Sus ojos, y ella, de lo poco que era sintético en ese asqueroso lugar, me hacían suspirar románticamente. Quiero pensar, me aventuro a decir, que mi mirada también quebró a la suya como la mía fue enteramente destrozada por sus ojos; cuyo color verdadero aún no conocía.

“Les leí completamente. Vi una necesidad, una asombrosa necesidad, vi a un padre que no la quiso, y vi un mundo que le decía que no era lista, sentí el rechazo de la escuela por ella y el suyo por el estudio.

“La vi desamparada. Y sentí, de manera casi efímera cómo se conectó conmigo, y nos sentimos mutuamente, y estoy seguro que vio mis pinturas en sus ojos, y sé que las entendió todas. Y el tiempo pasó más lento. Y puso mi mano en su cintura, toqué su espina y sintió pánico al sentir mi mirada; paró de bailar y su respiración cambió el ritmo, y en lugar de ser agitada, y en contra de estar tranquila , fluctuó, entre la decencia que nos ofrecíamos en la mirada y en los ambos cuerpos que estaban irremediablemente sumidos en aromas, y una posición que no puede ser siempre cómoda entre dos personas que se acaban de conocer. Levantó la barbilla hacia arriba, mirando hacia otro sitio. Con mi otra mano, la regresé a que me mirara de manera casi tosca, pero tierna, y me miró y vi su intensidad, observé de entre los rojos destellos de las luces, los azules matices de sus aspiraciones. Respiré con ella al mismo tiempo... A la misma arritmia, exquisita.

“Su labio pintado rosó el mío. Y toqué su cabeza, y me percaté de unos horribles cabellos de colores. Le tiré la peluca muerta y entonces, casi poéticamente cayeron unos cabellos chinos y casi largos sobre su espalda, despidiendo aromas y perfumes implícitos como un concierto de hechizos. Sus piernas estaban flexionadas sobre las mías y su cadera estaba mimosamente colocada para comodidad de la herejía..

“El mundo se cegó, el blues se cambió por aerosmith.

“Le exigí, al verla, más de su sinceridad. Sentí la sangre que corría por mi garganta. Ella se ruborizó. Su frágil cuerpo, se reflejó cual su alma en un ligero espasmo y sentí la prisión que vivía, el amor que le faltaba y, que le faltó; vi su fuerza, y su libertad. Enloquecí en su locura, de ver extraños y seducirlos con el cuerpo. Le susurré si alguna vez sedujo a alguien con los ojos y dijo que no.

“Le pedí que no se moviera más, su espalda arqueada se iba relajando. Le estaba yo diciendo que no a su cuerpo, pues su verdadero encanto estaba en sus ojos que clamaban algo de miseria, que gritaban tristezas y blues... Que exhalaban testimonios de violencia y necesidad, que prometían paz a cambio de amores ¡qué ojos tan seductores! Si tan sólo no hubiese caído aquella noche, ¡no estaría sumido en problemas de creatividad!

“Mi cuerpo estaba apelmazado y letárgico, en pos de sus aleteadas de ángel.

“La canción moría y yo también pues ahora era ella a través de su mirada la que asesinaba y era yo de ella también cuando el silencio reinó, y el sonido casi rave llegó a la habitación y las luces cambiaron sus tonos. Todo cesó.

“Regresó ella de su pensamiento y se sintió realmente desnuda (noté a partir de su sorpresa y su expresión casi horrorizada) y le tomé la mano y le pedí que no se fuera, que si el problema era el dinero, que no me importaba pagar, con tal de que pudiese mirarla a los ojos toda la noche... Sueño que no he cumplido, tristemente.

“Y me dijo que nunca nadie la había taladrado con los ojos. Cuando su falso maquillaje se iba diluyendo con las primeras lágrimas de un mar que vendría, salió corriendo y salí caminando con la sangre corriendo y divagando en mi cuerpo, con los aromas pegados a la camisa, con algo de labial en una orilla del labio y con el alma hecha trizas y ¡muerto! Pues ella me había matado con sus ojos.

“Podría olvidar al fino y estilizado cuerpo, a esos senos casi puntiagudos, a su cuello cuidadosamente aromatizado y proporcionado o a su barbilla altiva, o a sus tobillos sólidos pero nunca a sus ojos, cuyo color nunca vi...
Tenía que regresar algún día y saber quién era para acabar de ver en sus ojos los cuentos infinitos del amor, y a las estrellas y a las preguntas que generan sus romances”. así terminaba la primera cinta de grabación del artista a lo cual quedé casi atónita la luna ya brillaba su voz ronca y pausada aún volaba en mi cabeza, cuando intentaba poner la segunda cinta en la grabadora tan pronto terminé ponerla, caí dormida exhausta en el rincón de la habitación y morí también pues su voz, casi me mata...

2 comentarios:

  1. Si lo escribiste tu, quiero felicitarte, vi todo en mi mente, hasta el humo de cigarro, sera porque me gusta leer. Describes muy bien los detalles y creas muy bien la atmósfera. Sigue escribiendo que me encantaría leer más.
    Me gusta escribir, lo malo es que es tan adictivo que luego la inspiración es un poco imprudente a veces y no te deja dormir o dificulta mi relación con los demás, dicen que soy muy callada pero la verdad es que prefiero imaginar que hablar.

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  2. Amiga Ivonne, si te gusta escribir, ¿porqué no colaboras en el Blog? Yo también escribo algunas entradas.

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