domingo, 15 de enero de 2012

Las tumbas de un cementerio



Entré al cementerio con determinación. Hacía mucho frío y me acababa de percatar que necesitaría una cobija. Pensé en cazar seis o siete gatos y despellejarlos para hacerme una linda chamarra, pero supuse que podía aguantar el frío y ahorrarme la energía.

Era más tenebroso de lo que yo me imaginaba. La sugestión que se presenta un humano al estar entre cadáveres enterrados. ¿Es el miedo a la muerte? ¿Es el terror a la agonía? ¿Es el miedo de ser hombres, y temer la característica de ser finitos? No entiendo a la muerte, y siento que ella nunca me comprenderá. Siento que a veces podrá ser un consuelo, y otras, algo que deje trunca la aventura de vivir.

No había notado que el cielo de un pueblo era mucho más estrellado, y las nubes borreguitas se habían ido del cielo. Me regalaron las estrellas y media luna para toda la noche. Me recosté sobre la lápida más cómoda de todas y gocé de la soledad. El silencio no era pesado, era sereno. Había una ligera brisa constante que cambiaba de rumbos según el humor de las aves y la naturaleza.

Escribí mil cosas, en mi mente.

Saqué mi armónica y la hice delirar entre las mórbidas tumbas. Quienquiera que hayan sido, ojalá hayan podido escuchar algo de lo que toqué aquella noche. Que los muertos tuviesen oídos y que oyeran futuramente lo que mi alma tenía que decirles…

Quizá, incluso alguna de esas pobres almas fuese la sirvienta, o la mujer… No lo sabría nunca pues tierra ahora son y siempre lo serán.

Hice una poesía y la declamé… Y se olvidó por siempre.

Caminé en el cementerio y bailé con los muertos al tiempo que soñaba. No había miedos ahí, y tampoco había muerte… Solo un hechizo que hacía a la noche profunda y eterna. Supuse que algún día pasaría todas mis noches en el cementerio y sonreí. Era tan pacífico, tan intenso, tan sublime…

Era las sugestiones de un simple hombre al estar entre cadáveres.

Caí dormido. Desperté justo antes del amanecer…

Redacté una serie de cuartetas… Ya que siempre quise hacerlo
 y siempre disfruté la escritura de los antiguos árabes en estrofas de cuatro versos, para expiar sus almas, eran mis letras para el amanecer. 

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