lunes, 1 de agosto de 2011

Un mundo gris


En el flujo normal de las calles de aquella ciudad se movía un cartero. Era joven y en sus deseos estaba un sueño de grandeza. Deseaba ser alguien más que lo que era. Deseaba fervientemente el ser alguien de renombre. Alguien con fama y gloria por hacer el bien.
Se suponía que las cosas no iban conforme al plan. Sí, estudiaba, sin embargo las cosas no iban como debían. No hallaba una completa satisfacción en sus acciones. Él tenía planes y delirios, y deseos de grandeza absoluta. Y deseaba el amor unánime de la población.
Estaba cansado. De la gente y de sus miradas. De su desconfianza, y de la frialdad que inspiraba su sonrisa. Era un mundo gris ese donde vivía. El mundo que nos es impuesto a diario. El mundo donde uno no puede ser uno mismo y como es, por el simple hecho de no pertenecer. Miraba la lluvia caer estrepitosamente entre las calles donde ansiaba un mundo de colores. Donde el gris no imperara, donde la vida fuese vida y supervivencia.
¿Dónde se supone que brillan los colores de los gises humanos si hacemos que lluevan lágrimas y sangre sobre las calles donde pintamos? La felicidad, nuestra inspiración y el arte, son puros dibujitos en las paredes de concreto de las ciudades ansiosas. Y nosotros las borramos, para ser uniformes. Hay miedo, hay temor, hay furia e imposición. Existe el dolor y la angustia.
No era el hecho de la carencia de una mujer especial en su vida. No era el hecho de que él no fuese escuchado. Era lo que veía y lo que sentía en los ojos ajenos lo que lo mataba. La perdición pura. ¿Cuántos de nosotros le sonreímos a un extraño o extraña solamente porque sí? ¿Cuántos saben lo que en realidad pensamos? ¿Cuántos conocen nuestros verdaderos sentimientos y anhelaciones? ¿De cuántos sabemos la verdad? En un mundo perfecto, los colores serían reflejos de nuestros más hermosos secretos. Nuestra música, nuestro arte, nuestro baile y nuestra canción. Pero este es un mundo gris a fin de cuentas. Donde los únicos tonos reconocibles son el verde y la plata. Supongo que a veces, nuestra única pintura es nuestra propia sangre. Y su base está hecha de lágrimas.

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